Me niego

Me niego a que te quedes sin nombre, sin rostro, sin sueño.

Me niego a que tus cuatro hermanos no te vuelvan a ver más.

Me niego a que te roben las ovejas y te encierren.

A que te aten los pies y te torturen durante tres noches.

Me niego a tener que cruzar el mar sin saber nadar,

a que llegar hasta aquí no haya servido para nada.

A que tu padre no pueda volver a escuchar tu voz.

Me niego a que te mueras, hundido en el fondo del mar.

Me niego a que termines así, ahogado, sin nombre, sin rostro, sin sueños.

Me niego a que…¿cuál era tu nombre, tu rostro, tu sueño…?

No lo soporto más.

Me niego, por todos ellos, por los que nunca pisaron europa, por los que no conoceré jamás.

Me niego y me estremezco por todos.

¡Jodidos canallas, dejadles vivir en paz!

Me niego a que te mueras Belkacem…sin nombre, sin rostro sin sueño. Descansa en paz.

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Un árbol nunca puede ser metal

Un veintitrés de Octubre al final de la tarde en el municipio de Escandalera, en la comarca fronteriza con el parque Kuturman un relámpago alado recorre, destruye, ensombrece y perpetra un atentado en su alma, dejándola postrada para siempre en una silla de ruedas. Un año antes, su hermano mayor, celebraba entusiasmado el récord mundial de los 100 metros lisos mientras sorbía incansable un refresco con gas. Ricardo siempre recordaba como Felipa le decía que un árbol era un árbol y nunca podría ser metal.

Massachusetts viajaba con Gretel, el coche gris, descapotable del setenta y seis. En su maleta se retorcían dos camisas rojas y una amarillenta. Todavía me da pena cuando escucho esta canción. Los dos mintieron y sorieron complices pese a que minutos antes un pájaro llamado odio golpeaba el parabrisas dejando un reguero de pesar.

Puedo girar el volante cuando quiera de forma tan brusca como quiera y elegir la curva que quiera…puedo girar el volante y quieroypuedo y… Un árbol dos árboles, tres árboles, un árbol, dos árboles, tres árboles, jamás dejaré que llegues, jamás dejaré que llegues a mis llagas, no te tiñes, jamás, no tienes agallas. Un árbol, dos árboles, tres áboles, jamás dejaré que llegues a mis llagas, descortés inhumano, no temo a la muerte, no temo a la muerte no te temo, muerte. La culpa la tienes tú, estás sano, insípido, jamás sabrás lo que es tener…un árbol, dos árboles, tres árboles. La sirena les reconectó, siguieron con la mirada su destino. Un árbol, dos árboles, una casa, dos casas, un primero, un segundo, un tercero…la puerta que se abre y el rayo alado que recorre, destruye, ensombrece y perpetra un atentado en el alma dejándola postrada para siempre. Ricardo sonríe, no recuerda su nombre, sorbe su nombre. En el fuego una olla de metal que se cuece a fuego lento con la leña de un árbol, dos árboles, tres árboles….Fin.

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airiS

Buenos días, me llamo Abdul, y no se hablar español. Mi abuelo le dijo a mi padre que era mejor que se fuera, que en breve llegaría el Estado Islámico y le reclutarían y que él había trabajado mucho en la carnicería como para que sus hijos acabasen siendo unos terroristas. Mi padre se fue, y nos dejó a mi madre y hermanos en casa del abuelo. El abuelo también le dijo que cuando llegase a Europa y tuviese trabajo, que mandase el dinero para sacarnos, que sacar cada niño cuesta 500€.

Mi padre es muy fuerte. Una vez en la carnicería del abuelo se cortó un dedo y le cosieron la falanje sin anestesia. También es valiente. Otra vez, cuando ya había empezado la guerra y los padres de mi madre estaban dentro de la ciudad mientras caían bombas, cogió el coche, condujo hasta dentro y los sacó a todos. Mamá está muy orgullosa de él.

Pero al final el abuelo tuvo razón y llegó el EI y nosotros nos fuimos con el abuelo y los primos a una misma casa a la zona kurda, donde no se atreverían a entrar. Allí no estábamos mal, pero hace poco, empezaron a llegar los aviones. Dice mi abuelo que son rusos. Entonces empezamos a llamar a papá para que viniese porque teníamos miedo, pero papá ahora se queda callado. Jorge dice que va vestido de negro y que se siente un cobarde, que tiene pocos dientes y que el otro día entró en el supermercado y la gente pensaba que era un ladrón o un terrorista. Jorge le dice que él no tiene la culpa, que él no empezó la guerra, que para ayudarnos se tiene que ayudar a él mismo, pero mi papá dice que las cosas están al revés, que ahora se salvan los hombres y se mueren las mujeres y los niños y que él es un miserable.

El lunes el abuelo se puso malo, no paraba de toser y mi primo Moh dijo que había que llevarlo al hospital. Se subieron al coche y mientras pasaban el tercer control llegó corriendo una moto y se los llevó a todos por delante…explotó! o eso dice Nabil. Dice que además de mi abuelo, también murieron Moh y diez soldados que estaban en el puesto de control. Ayer salían unas fotos en el periódico de donde vive papá y Jorge le preguntó que si sabía los detalles. No me he atrevido a preguntar. Es para saber si había sufrido. Creo que no.

Jorge le dice a papá que “in sha alá” todo se arregle pronto y la guerra termine y que llegará un momento en el que no necesitarán que Kenza haga de traductora entre ellos y que ese día lo tienen que celebrar. Que la guerra trae muchas cosas malas, pero que también ha permitido que ellos dos se conozcan y que el carnicero de la calle la cámara le haya llamado hoy para tomar el té, que en esos momentos es cuando aparecen los hombres buenos de verdad. También le dijo hoy a papá que cuando lleguemos a España nos tiene que presentar, y papá se rió, y le dijo que por supuesto, y se sintió muy orgulloso de nosotros.

Lo que papá y Jorge no saben es que ya hace un rato que estoy muerto.

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nadie como tú

Tras un pasaje, detrás de un pequeño arbusto, el 11 de julio de 2010 se escondía, agazapado Rotundo Redondo, decidiendo no volver a moverse como acto de penitencia por el asesinato de su querida madre Clotilde Ventosa. Imaginemos a Rotundo no ya como ese ser particular que como todo individuo es, sino como una personalidad generalizable, extendible al tipo de sujeto que se caracteriza por entender al otro según su propio modo de pensar y sentir. En el caso que nos ocupa, Rotundo, cuando por segunda vez se encontró con Leona Acecho, tenía claro que no era necesario escribir porque había existido Borjes, tampoco pintar, pues varios días atras había estado contemplando las meninas, y para qué practicar con el clarinete con lo bien que lo hacía sonar el bueno de Benny…de hecho le preguntó a Leona,  ¿para qué existir, si otros ya existen?

– Pues para matar a tu madre. Le espetó Leona. Nadie ha matado a tu madre como tú puedes hacerlo.

Entonces Rotundo retrocedió, se adentró en el pasaje, llegó a casa, posó las llaves frente al espejo, se acarició la ceja y envuelto en una extraña pereza, con unas agujas de lana, atravesó a su madre una y otra vez, tejiendo a su alrededor un jersey bien entallado, cuya blanca lana se teñía a cada puntada de un rojo insondable. La noticia no trascendió debido a que aquella tarde se celebraba la final de la copa del mundo, pero un reportero local pudo constatar que el cadaver de Clotilde no estaba frío cuando lo levantó el juez.

 

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ni tus manos mi arma

No era mi nombre tu nombre, ni tus manos mi arma. Tampoco durante los atardeceres nos juntábamos a la sombra de la higuera mientras las golondrinas revoloteaban cazando mosquitos y tú despegabas la piel de la fruta madura. Ni siquiera una vez fuimos juntos de la mano hasta aquella fuente donde pastaban dos caballos blancos rodeados de moscas espantadas con una mano armoniosa. Dudo hasta que una vez compartiésemos planeta. Estoy seguro de que jamás existió aquel vestido de flores azules fijado por ese conjunto de trenzas que rodeaba tu cintura y que al desplomarse junto a mi cama dejaba, en un juego de luces y sombras, entrever tu silueta. Tampoco está claro si durante aquella mañana en la que bailabas descalza y los dedos de los pies se movían como teclas de piano en el apartamento de la calle magdalena, mi cara reposara amable y fría en el piso, alineado, paralelo, con una mano dentro de la bañera repleta, sin ton ni son, sin teclas tañidas, sin escuchar tu alma escurridiza y con aquella tijera clavada en la espalda. Lo que si que tengo claro ahora, hundido en esta fosa común en la que me encuentro, corrompido por la cal y la ira, agujereado por los gusanos, en la cuneta de esa curva donde aquellos hijos de la gran puta me arrojaron desde el camión es que, como en algún momento consiga levantarme y arrastrarme hacia ti sigiloso, con una respiración tan lo suficientemente tenue que te genere la duda de mi regreso, mientras escupo los granos de arena que muerdo dentro de mi boca casi desdentada y juntando mis brazos sobre tu cuerpo de espaldas, te voy a dar una somanta de abrazos y besos querida mia, amor de mis amores, que de una vez por todas nos harán recordar que tu nombre es mi nombre y mi arma tus manos, y que soy yo quien está contigo mientras las golondrinas revolotean cazando mosquitos y tu despegas la piel de la fruta madura a la sombra de la higuera y vamos de la mano hasta aquella fuente donde pastan dos caballos blancos rodeados de moscas espantadas por una mano armoniosa mientras llevas puesto ese vestido de flores azules fijadas por un conjunto de trenzas que rodea tu cintura y que al desplomarse junto a mi cama pum deja, en un juego de luces y sombras, entrever tu silueta…

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querido lector

Despertó aturdida, se encontraba en el interior de un vagón a oscuras. Apareció el recuerdo de una placenta dibujada sobre el puente que cruza el canal que no serviría de inspiración esta vez. Tampoco lo haría aquella conversación sobre la construcción de redes de apoyo que había tenido la tarde anterior junto a Lucía y Mirian, sentadas en la terraza del Ourcq. Oyó un tic-tac. Sorpresivamente un trampolín y un hombre musculoso, ale hop y los dos subidos en la escalera cortaciana. Esto no se mueve? Un gatillo frío y pesado, un ruido ensordecedor, una mirada a la palma de la mano, un sentirse desnuda y el olor a sábanas sucias. El dolor de la pantorrilla y el tropiezo con el borde de aquella mesa de arquitecto. Los reflejos para sujetar el jarrón. La cola del gato entrando en el interior y el peinarse las cejas apretando la frente en busca de concentración. Oh Dios, la puerta entreabierta y el espejo del ascensor. ¿Era ella, no? Philippe. De nuevo el tic-tac y el mirar enderredor, estoy dormida, no era yo. Próxima estación…

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la vaca y la valla

Dentro o fuera de la valla, artistas de postín, cubitos en la nevera que se descongelan. El paso de un tren. Dos pastillas de lorazepán y vuelta a empezar. Soy una vaca que mira.

Un saludo en la esquina de la calle principal y una nueva receta. Sesenta y siete kilogramos, el pantalón remangado hasta la rodilla y los pies descalzos. Trienta y dos grados centígrados de inclinación, un punto de suspicacia. De nuevo el recuerdo de un amor pasado que no deja de habitar el presente en forma de ideación suicida. Ella si, cabellos negros y nariz picasiana. Intento recordar el color de aquel atardecer y me sudan las axilas. A veces me corto los pelos del bigote con unas tijeras puntiagudas mientras el abuelo de mi amigo respira gracias a una máquina que envía oxígeno a un corazón cada vez más lejano y más alto. Tengo hambre. Preparé un gazpacho antes de jugar la partida de ajedrez, luego leí la entrevista que despertó deseos de bajar al patio y saludar, pertenecer. Hay señoras que visten mandil con bolsillo y muchachas cuyo mundo no gira entorno a tu polla. No hablo con ninguna. Mira que ya no soy vaca.

La lavadora gira, la tierra gira pero no lava. Dora lava manchas de ti. Otra mujer lee junto a una valla con las piernas cruzadas y Ramón nunca llama. Se me incendian los dedos…lo intento abarcar todo y no puedo, el fuego asciende crepitante y ya me llega a las muñecas, corre por las mangas de la camisa y salta raudo a las patillas mutantes. Me derrito como una vaca junto a la via dentro o fuera de la valla, en un día de verano que pace impasible ante la estupefacta mirada del hombre que todavía no la ha logrado saltar.

Mu!

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